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lunes, 23 de enero de 2012

Lema OP 2012...rumbo al jubileo


CARTA DEL MAESTRO DE LA ORDEN - ENERO 2012

“¡Ve a decir a mis hermanos!” (Jn 20,15): Las dominicas y la evangelización


Es esta llamada de Cristo a María, al alba de la resurrección, la que ha sido elegida como tema de este cuarto año de la novena que nos prepara a la celebración del Jubileo de la Orden. Con el título “las dominicas y la evangelización”, este año nos invita, por tanto, a poner el anuncio de la resurrección en la fuente misma de la misión de nuestra Orden.


Lo primero que esta frase tan sencilla de Cristo despertó en mí, fue el recuerdo de la emoción que sentí, hace algunos años, en la iglesia de un pueblo de Irak. El alba había apenas despuntado y nos preparábamos para celebrar el ingreso al noviciado y la profesión de algunos hermanos jóvenes. Esperando aquel momento, se encontraban ya allí en la iglesia una gran cantidad de mujeres, y entre ellas madres, hermanas, amigas, hermanas apostólicas y laicas dominicas. Todas juntas, llenaban la iglesia con el denso silencio de su oración, mientras que alrededor nuestro, todo el país sufría el caos, la violencia y las amenazas. En el silencio, en presencia del Padre, estas mujeres oraban con una intensidad tal que, en el corazón del caos que devastaba el país y lo desgarraba con todo tipo de divisiones, ellas eran portadoras de la certeza de que nada puede acallar el mensaje de la vida. Un día, en este mundo, despuntó una aurora por el nacimiento, en el país de Judea, de un niño, Príncipe de la Paz. Su venida ha rechazado para siempre las tinieblas, a pesar de las apariencias, y la noche fue definitivamente destrozada cuando, desde lo más hondo de la muerte infligida, Él entregó su vida. Muy a menudo, en estos lugares del mundo donde la violencia pretende destruir y destruir todos los lazos sociales, las mujeres, las madres, están allí como guardianas de la vida que dan testimonio de que a pesar de las apariencias, nadie puede pretender hacerse dueño de una vida, que se recibe ante todo para ser entregada. ¡Ve a decir a mis hermanos! Diles la fuerza de la vida, la historia inaudita de la humanidad que, día tras día, nace de nuevo en el Espíritu de la vida ofrecida, hasta la Pasión, para la Resurrección. Estas mujeres de Irak manifestaban el horizonte de la misión de evangelización:


inscribir en el corazón de la historia humana

el gozo y la esperanza

en la vida entregada de Cristo

para que el mundo viva,

y aprender a ser sus testigos.


En la familia dominicana, las mujeres – monjas, hermanas apostólicas, laicas dominicas, miembros de Institutos seculares – aportan una contribución esencial a la misión de evangelización de la Orden. Más que hablar de predicación, opto por la definición de nuestra misión dada en la época de la fundación de la Orden: totalmente entregados a la evangelización de la Palabra de Dios. Somos de la familia de los “predicadores”, hombres y mujeres, ante todo porque comprometemos nuestra vida en esta aventura de la evangelización que, de algún modo, cada uno según su estado de vida y su ministerio, define “la vida” que deseamos llevar antes que describir “acciones”.


“¡Ve a decir a mis hermanos!” Por medio de este envío, Cristo encomienda a María y a las otras la tarea de invitar a la Iglesia a nacer de la predicación. Esto evoca para nosotros la primera intuición de la predicación que será fundadora de la Orden. En los primeros tiempos de esta nueva aventura de evangelización dirigida por Domingo son también, de hecho, algunas mujeres quienes vinieron para unirse a él, y luego algunos laicos, como para dar desde el comienzo la figura que debe tomar la evangelización: una especie de “pequeña Iglesia”, de comunidad reunida por la fuerza de la Palabra escuchada, reunida para escuchar juntos esta Palabra y llevarla al mundo. Como en la vida de Jesús – tal como escribe Lucas (Lc 8,14) – la comunidad se reúne al mismo tiempo que tiene la intuición de transformarse en una “comunidad para la evangelización”. Ya desde el origen, y por extraño que pueda parecer en aquella época, algunas mujeres formaban parte de la comunidad que se había reunido en torno a Jesús. Las categorías del mundo no tienen espacio cuando se trata de ser discípulos. Imaginemos esta comunidad que se constituye siguiendo a Jesús en el primer camino de la evangelización. La misma se reúne más allá de las debilidades, faltas, pecados, fragilidades que pueden ser sanados únicamente por Jesús. Y es a causa de su misericordia probada en tan diversos modos que se establece la santa predicación. Viéndolo vivir y enseñar, los discípulos probablemente tuvieron la ocasión de compartir sus experiencias de encuentro personal con Él. Y las mujeres del Evangelio tuvieron entonces la ocasión de testimoniar las palabras que Él les había dirigido: Palabra de anuncio de la resurrección, de reconocimiento de la fe y de promesa de salvación, palabra de vida y de perdón, de sanación y de confianza. Él les hablaba así, llegando al corazón mismo de su ser femenino, de su familiaridad con la vida engendrada, de su capacidad de cuidar y proteger la vida frágil, y también a su fuerza de confianza en la creatividad y la resistencia de la vida. Esas mujeres estarán con Él en los caminos de la enseñanza, así como también estarán con él en el camino que lo lleva al Calvario; ellas esperan en el jardín de la tumba, así como estarán en el camino, yendo de prisa a anunciar a los apóstoles que Él ha resucitado. La misión de evangelización tiene necesidad de este testimonio y de este anuncio para saber cómo hacer escuchar al mundo una Palabra que lleva en sí misma la vida.


Desde su fundación, cuando las primeras “dominicas” vienen para unirse a Domingo y nace la “santa predicación de Prouilhe” nuestra propia “comunión para la evangelización”, que es la familia dominicana, tienen necesidad de estar compuesta por hombres y mujeres, religiosos y laicos, porque ella necesita ser imagen de la primera comunidad que camina por los caminos con Jesús, que aprende de él cómo amar el mundo y cómo hablarle, cómo buscar al Padre y cómo recibir todo de Él. Todos juntos, en la diversidad y la complementariedad, así como en el respeto mutuo de las diferencias y la voluntad común de una igualdad entre todos, tenemos que realizar este “trabajo de la fraternidad” del que debemos ser signos en el mundo y en la Iglesia. Una fraternidad que sabe que el igual reconocimiento de cada uno se ve a menudo afectado por la mundanidad. En particular, hay mucho que hacer todavía para que, en distintos lugares, la palabra de las mujeres, tenga el mismo valor que la palabra de los hombres, para que sean rechazadas todas las injusticias y las violencias que sufren, todavía hoy, tantas mujeres en el mundo. Las dominicas, en la aventura de la “santa predicación” tienen ciertamente la tarea de recordar, contra viento y marea, que el mundo no puede sentirse “en paz” mientras estas iniquidades no se hayan resuelto. Hay que aprender a ser hermanas y hermanos, a identificar las injusticias, a combatirlas, a través del largo y bello trabajo de escucha y de mutua estima. Pero ellas tienen también que ser signos de que la evangelización no es primeramente una cuestión de ministerio sino una invitación a una cierta manera de vivir, enteramente dedicada a que la Palabra de Dios sea una buena nueva para el mundo. En el fondo, a menudo dedicamos tiempo para examinar primero lo que nos distingue en la familia dominica. Estemos atentos ante todo a lo que nos reúne y nos une: la gracia de la Palabra de Dios, su verdad y su fuerza, su vida y su misericordia. ¿Las dominicas y la predicación? Es ante todo el deber que tenemos todos de compartir con ellas lo que reciben y realizan de la gracia de “la evangelización de la Palabra de Dios” para que la comunidad se construya y se consolide en una misión común.


Porque, hablar de dominicas – monjas, hermanas, consagradas y laicas – es ante todo hablar de la parte inmensa que han tenido y tienen todavía hoy en este trabajo de la evangelización, en este engendrar la esperanza por medio de “la evangelización de la Palabra de Dios” en el mundo. Los lugares de oración y de fraternidad, de contemplación y de hospitalidad que son los monasterios de la Orden son las primeras piedras de la predicación. En estos lugares, las llamadas y las necesidades, las penas y las esperanzas del mundo entero, son recogidas en la oración y presentadas al Padre. La contemplación dominicana es así, total y profundamente, predicación. Es imposible enumerar los innumerables compromisos, amistades y obras realizados por las hermanas apostólicas de la Orden. Son siempre presencias y actos que hacen de la Palabra una buena nueva para sus contemporáneos. Con la preocupación específica de encontrar cómo traducir el deseo de que “se encienda el fuego” de la gracia del Espíritu en este mundo. Preocupación manifestada a lo largo de los siglos por sus fundadoras o fundadores, en contextos en los que el lugar y el reconocimiento de las mujeres no eran evidentes. En el caso de las hermanas laicas, en sus familias, sus grupos de amistad, los lugares de su profesión, es siempre esta gran creatividad y diversidad que se manifiestan para hacer ver y escuchar la Palabra como una buena nueva de la que puede nacer la esperanza de la resurrección.


Al hablar de las dominicas y la predicación, no es mi deseo desarrollar aquí el tema de la complementariedad, tan evidente, ni tampoco el del ministerio ordenado de la predicación. Como habrán ya comprendido, la cuestión no es ante todo lo que se hace, sino lo que se aporta al bien común de la santa predicación, y cómo todos juntos podemos organizarnos para recibir lo que es ofrecido. Las dominicas, creo – pero les corresponde a ellas expresarlo – aportan a la santa predicación una experiencia específica de la relación a Cristo, una manera particular de estudiar la Palabra, un modo preciso de organización de su fraternidad, una vulnerabilidad a lo que hace nacer y morir el mundo que les es propio, una manera de decir Dios. Ellas aportan también la gran diversidad de las interpretaciones de la intuición dominica tal como sus fundadoras se las han transmitido, y de manera especial una comprensión fulgurante, en un momento dado de la historia humana, de la actualidad de la intuición de Domingo en tal o cual contexto o medio, para una u otra tarea del servicio de la humanidad. ¡Ve a decir a mis hermanos! Esto sería quizás lo que tendrían que enseñarnos nuestras hermanas, laicas y religiosas. Esto sería también, sin duda, lo que los hermanos podrían tener ganas de aprender. Aprender juntos el mundo, y en este año muy particularmente, los hermanos gracias a las hermanas y las hermanas entre ellas, más allá de las divergencias, para dejar que se abra en el corazón de la santa predicación de hoy, una sed de la Palabra de resurrección. En una familia, los vínculos más sólidos y más bellos son a menudo los que se tejen a través del compartir gozos y penas, por la ofrenda mutua de las amistades compartidas, por el apoyo mutuo, cuando la prueba del mundo nos hace dudar de saber cómo encontrar nuestro futuro en él. En la familia, ¿no son a menudo las mujeres las que establecen los vínculos, ellas que son garantes del vínculo entre los seres, porque ellas engendran a la vida, ellas que inspiran la confianza necesaria para que el conjunto de los miembros tengan el deseo de nacer de nuevo en la fraternidad y en la filiación? Y para nosotros, en la familia de Domingo, el deseo de aprender a escuchar y a amar el mundo como hijas e hijos del Padre y como hermanas y hermanos de la humanidad, el deseo de ser, en este mundo, como “sacramentos de la fraternidad”.


“¡Ve a decir a mis hermanos!” Me parece que al hablar de las dominicas en su relación con la predicación, hay que evocar la experiencia difícil que tienen hoy en día varias congregaciones de hermanas apostólicas y varios monasterios de la Orden. Después de años de despliegue y desarrollo, he aquí que no se anuncia un relevo para el futuro. Debemos atravesar esta prueba reunidos, sosteniendo a la vez a cada uno en su especificidad y su autonomía, pero también dando testimonio de que la misión de la predicación realizada juntos es, por un lado, deudora de todo lo que ha sido sembrado y, por otro lado, es más grande que la misión específica de una institución determinada. No ignoro que puede ser difícil afrontar concretamente esta prueba, de manera realista y creativa, sin resignación y sin obstinación. Tenemos que “pasar” del lado de la verdadera esperanza de la vida, cuando algo de la muerte se deja percibir, cuando hay que cerrar casas en gran número y enterrar tantas hermanas queridas. Para realizar este paso tenemos absoluta necesidad de mantenernos solidarios y unidos a fin de preparar el futuro de la misión de la santa predicación a partir de las fuerzas actuales. Sin soñar lo que dichas fuerzas ya no son, sin determinar lo que ellas deberían ser. Sino recibiendo, simplemente, la gracia de las vocaciones dadas y ordenándolas a la misión común realizada por todos. La consagración y la vida religiosa deben abrir nuestra esperanza a las dimensiones del mundo, y para el mundo, y guardarnos de vivir paralizados ni por el recuerdo de las glorias pasadas, ni por las dificultades presentes. Se escucha a menudo decir que, en muchos lugares del mundo, la vida religiosa apostólica – y por tanto también dominicana – envejece mucho y que no podrá renovarse como fue en el pasado. Ciertamente. Pero hay una gran aventura por vivir en la vejez, que puede dar gracias de haber sido tan fecunda para la vida de la Iglesia y de tantas comunidades humanas: ¿podemos juntos, aprender a dejarnos llevar por la ligereza de la acción de gracias en lugar de desalentarnos por el peso del futuro perdido? Por encima de todo, y estamos todos convencidos de ello, la santa predicación tiene necesidad, una necesidad absoluta, de la contribución de mujeres dominicas que consagren a ella totalmente su vida: es por tanto reunidos, y a partir de lo que ya está muy vivo, que debemos preparar los posibles marcos de esta predicación. Esta necesidad, esta urgencia, de llamar a las mujeres a unirse a la misión de la Orden bajo sus diferentes formas posibles, es algo que atañe a todos los miembros de la familia dominica, tanto hombres como mujeres.


Como en el tiempo de la predicación de Jesús, como en los tiempos apostólicos, como también en el tiempo de la fundación de la Orden, en un tiempo en el que la Iglesia subraya la urgencia de la evangelización, la familia de Santo Domingo, “familia para la evangelización” tiene, hoy más que nunca, el deber de dejarse constituir por la fraternidad que “predica la Palabra”. Ve a decir a mis hermanos…


¡Un buen y feliz año para todas y todos!

Roma, 13 de enero 2012

fr. Bruno Cadoré O. P.

Maestro de la Orden



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domingo, 4 de septiembre de 2011

Tú me has seducido, Señor


El riesgo está en considerar un «caso límite» el de Jeremías, creer que la suya es una experiencia «irrepetible». Por eso, ante la dolorosa lamentación del profeta nos sentimos en la obligación de conmovernos por el drama que subyace o bien de escandalizarnos por la dureza del lenguaje que emplea. Y nada más. Pero lo que deberíamos hacer es intentar «meternos» en esa oración y ver un poco cómo se está dentro de ella. Una lectura del desahogo apasionado de Jeremías.
«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste... ».

¿Intentamos una traducción libre? Sería ésta, más o menos: ... Me has cazado, Señor. Era inevitable.

Después de aquel encuentro, de aquel momento que tú conoces, ya no soy yo. Todo ha cambiado en mi vida.

Las cosas que tanto me apasionaban antes se han evaporado, me resultan insípidas e incoloras, han perdido todo su atractivo. Me parecen inconsistentes, engañosas. Las miro con desapego, sin ninguna añoranza. Y esas realidades que antes me apasionaban me dejan totalmente indiferente.

Tengo una sensación de extrañeza, de no pertenencia, respecto a ese mundo de las apariencias...

No compito para aferrar la porción efímera que muchos reclaman. Pero precisamente por eso no siento la necesidad de celebrar triunfos, de sumarme en los coros que cantan hosanna, de colarme entre los que quieren combatir batallas anacrónicas con palabras y fórmulas que sólo comprometen a la boca. Intento no dejarme engañar por aspectos superficiales y aparentes, no dejarme guiar por cálculos oportunistas, no dejarme llevar por lo fácil.

Me reservo el derecho a emplear mi cabeza cuando se trata de pensar y, naturalmente, el derecho a utilizar mis brazos cuando se trata de ponerse a trabajar. Hablo cuando sería más cómodo callarse. Y guardo silencio cuando sería fácil ponerse a hablar. Intento ser fiel… dar testimonio huyendo del espectáculo.

Me has forzado, Señor. Te has aprovechado de un momento de debilidad. Te has dado cuenta de que estaba insatisfecho. Empezaba a sentirme mal entre las medias tintas. La mediocridad me causaba un ligero disgusto. Buscaba otra cosa.

Por un instante abandoné las defensas y VOS entraste; desacomodaste mi vida, revolviste mis pensamientos y mi corazón. Me has hecho propuestas increíbles, inimaginables. Me has presentado exigencias impensables, hasta imposibles. Y yo me dejé cazar. Tengo hasta miedo de haber perdido la cabeza.

La soledad. Ahora estoy viviendo una situación poco confortable. Después de escuchar tu voz, hay otras voces que ya no tienen poder alguno sobre mí. Habiendo tomado en serio tus palabras, las demás no me dicen nada. Después de haberme decidido a seguirte, he rechazado otras compañías (quizás más tranquilizadoras, menos exigentes). He tomado decisiones, he hecho opciones, que me han excluido automáticamente del juego y de las cosas poco serias.

Al no conformarme con «la mentalidad de este siglo», al rechazar las modas y las ideologías dominantes, al repudiar el conformismo (y también aquel anticonformismo de labios afuera que es la forma peor de conformismo), me he convertido sin remedio en un hombre contra. «Hombre contra» respecto a la marcha general, la vulgaridad desmedida, las arrogancias descaradas, las hipocresías aceptadas por todos.

La desconfianza, la incomprensión, el descrédito son pesos bastante incómodos de llevar.
Y encima, Señor, después de tu seducción inicial, no eres muy condescendiente conmigo.
Con frecuencia no te dejas sentir. Me pareces lejano, ausente. Diría que estás «en otra parte». Tu mano, frecuentemente, o se me niega o se posa en mi piel como una caricia francamente áspera.

Tengo momentos de cansancio, de desorientación, de desaliento. No dudo en lamentarme, en discutir contigo, como Jeremías, aunque con un tono algo más controlado.
A veces me entran ganas de dejarlo todo, porque tengo la impresión de que no vale la pena, de que el precio es demasiado elevado, de que la carga es insoportable.

«Me dije: no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre». Todos están distraídos, o indiferentes. Todos quieren oír otras cosas. Más vale resignarse, no complicarse la vida, vivir en paz y dejar tranquilos a los demás; eso es lo que quieren. También yo, después de todo, tengo derecho a una vida serena. «Pero... ». No había tenido en cuenta ese «pero». Pensaba quizás que era simplemente cuestión de dejarlo, de marcharme, de quitar el cartel de la puerta. «Pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía...».
Se puede apagar el interruptor. Pero el incendio es otra cosa. Me has entregado... carbones ardientes. Has avivado un incendio en el terreno de mi corazón. Es inútil resistir. Lo he intentado, lo sigo intentando, pero no puedo nada contra el fuego. Aunque eche encima las cenizas del quehacer o del desaliento, no logro sofocarlo. Y cuanto más hago por ignorarlo, mayor se hace mi tormento.
Finjo que obro como los demás, intento «parecerme» a ellos, pero no puedo. Siempre hay algo que me traiciona. Tu nombre me ha quemado.

La cabeza que he perdido ya no se me devuelve. Y cuanto más intento acomodarme a las normas del sentido común, de la prudencia humana, de cálculos egoístas, de racionalidad, más aumenta mi sufrimiento.

Llevo el fuego dentro. Pero no me siento fanático. Más aún, precisamente porque llevo fuego en el corazón, no puedo ser un fanático. El fanático, a pesar de las apariencias, está hecho de hielo: El celo del intolerante se alimenta de hielo, no de fuego. La intensidad del amor se mide por el respeto, por el pudor, no por la exaltación.

Lo he comprendido. Tengo que resignarme a ser un «enamorado». He caído. Y la única salvación, para mí, es no salir de esa situación. Jeremías grita, ronda con la blasfemia. Pero no dice: «Me has desilusionado».

Tampoco yo lo digo. Pueden desilusionarme los otros…puedo engañarme yo mismo, mi miedo a arriesgarlo todo. Pero VOS no me engañas, ni siquiera cuando callas, cuando te niegas, cuando me expones a situaciones incomodas, cuando pretendes lo imposible. Me comprometes, pero no me engañas. Me causas problemas y fastidios en serie, pero no me engañas. Y si sigo quejándome porque he perdido la cabeza, me haces comprender que debo perderla un poco más...


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lunes, 4 de julio de 2011

Características de la predicación y actitudes del predicador

PREDICACION COMPASIVA


Exige una actitud de profunda compasión hacia la gente, especialmente hacia aquellos que se encuentran “lejos”. Sólo la compasión puede remediar nuestra ceguera y hacer posible que veamos los signos de los tiempos. La compasión nos lleva a la humildad en nuestra predicación humildad por la cual estamos dispuestos a escuchar y a hablar, a recibir y a dar, a dejarnos influir e influenciar, a ser evangelizados y evangelizar. Esta compasión y humildad proviene únicamente de una profunda unión con Dios en Cristo. Estamos unidos con Dios cuando imitamos la compasión y el humilde servicio de Cristo. La compasión y la humildad son fuentes de las que emana el conocimiento de los signos de los tiempos, impregnado de oración y contemplación. Contemplamos así a Dios, que se nos ha revelado a través de la Sagrada Escritura y que manifiesta su voluntad en los signos de los tiempos.

PREDICACION INCULTURADA Y ENCARNADA


Exige una profunda sensibilidad para con las diversas visiones de la realidad que tienen otras religiones, otras culturas, otras filosofías (encarnación e inculturación). Implica una educación para saber esperar, para aprender, para convertirse, para formar parte, asumir y ayudar a purificar y elevar lo que encontramos en esas religiones, culturas y filosofías.

PREDICACION PROFETICA

Es proclamación no del propio conocimiento, sino de la Palabra de Dios vivo y vivificante, anuncio íntegro del Evangelio revelado que contiene palabras de vida eterna. No es posible omitir el análisis serio de "los signos de los tiempos", que procede de principios sobrenaturales y es iluminado por la oración. Para discernir los signos de los tiempos debemos atender diligentemente al clamor de los pobres, los oprimidos, los marginados y los torturados, y de todos aquellos que, por motivos de raza, religión y denuncia contra la injusticia, sufren persecución. Dios nos habla a través de estos clamores y también a través del silencio de los que no tienen voz y viven en apatía, soledad y desesperación.

PREDICACION ITINERANTE

Somos hombres y mujeres en marcha. La itinerancia es, en primer lugar, un concepto espacial que implica una disposición para ir en camino, para viajar, pero nuestra predicación pide una itinerancia social, cultural, ideológica, económica. Es un aspecto de la espiritualidad dominicana que debe informar toda nuestra vida y que se nutre de diversas experiencias bíblicas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús, “Camino” a quien Domingo ha querido seguir como verdadero varón evangélico.

PREDICACION COMPARTIDA

Nuestra predicación no es un esfuerzo solitario de individuos aislados. Por eso exige una, para el trabajo en equipo, para apoyar el esfuerzo de los demás mediante el interés mostrado, la animación y la ayuda efectiva. Estas actitudes tienen sus raíces en los elementos esenciales de nuestra vida dominicana: la vida común, la vida de oración contemplativa, el estudio asiduo, una comunidad fraterna, la consagración por los votos. La comunión y universalidad de la Orden informan también su gobierno en el cual sobresale la participación orgánica y proporcionada de todas las partes para realizar el fin propio de la Orden. Es un gobierno comunitario a su manera y es por cierto apropiado para la promoción de la Ordeny para sufrecuente revisión.

Fr. Carlos Azpíroz O.P
Extracto de la conferencia
pronunciada en la LXI
Asamblea de la Unión de Superiores Generales
(noviembre 2002)

lunes, 27 de junio de 2011

La vocación del predicador


La vocación del predicador nace de la gracia. Una persona no se llama a sí misma para predicar, es llamada por Dios. Al mismo tiempo hay que reconocer que la predicación es una responsabilidad nuestra.

Tenemos que ser responsables, tomar en serio esta misión, para que Dios haga fructificar nuestras pobres palabras, haciendo de ellas un instrumento de la Palabra de Dios.

La Predicación es el anuncio de la presencia activa y salvadora de Dios en medio del mundo y de la historia. El predicador reconoce que las mismas huellas de Dios que se encuentran en la Biblia se encuentran también en el mundo de hoy, trazando un camino de salvación que pasa por el corazón de nuestros tiempos. La predicación anuncia esta presencia fiel de Dios, hecha realidad en la persona de Cristo… A ese anuncio del Dios-amor, estamos todos llamados a responder con acciones concretas.

Fr. Brian J. Pierce, O.P, La vocación del predicador




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miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuaresma 2011




¿Quién?
(Luis Guitarra)

¿Quién escucha a quién cuando hay silencio?
¿Quién empuja a quién, si uno no anda?
¿Quién recibe más al darse un beso?
¿Quién nos puede dar lo que nos falta
¿Quién enseña a quién a ser sincero?
¿Quién se acerca a quién nos da la espalda?
¿Quién cuida de aquello que no es nuestro?
¿Quién devuelve a quién la confianza?
¿Quién libera a quién del sufrimiento?
¿Quién acoge a quién en esta casa?
¿Quién llena de luz cada momento?
¿Quién le da sentido a la Palabra?
¿Quién pinta de azul el Universo?
¿Quién con su paciencia nos abraza?
¿Quién quiere sumarse a lo pequeño?
¿Quién mantiene intacta la Esperanza?.
¿Quién está más próximo a lo eterno:
el que pisa firme o el que no alcanza?
¿Quién se adentra al barrio más incierto
y tiende una mano a sus “crianzas”?
¿Quién elige a quién de compañero?
¿Quién sostiene a quién no tiene nada?
¿Quién se siente unido a lo imperfecto?
¿Quién no necesita de unas alas?


sábado, 19 de febrero de 2011

Todo llega a su tiempo

Sé firme en tus actitudes y perseverante en tu ideal.


Pero sé paciente, no pretendiendo que todo te llegue de inmediato.


Haz tiempo para todo, y todo lo que es tuyo, vendrá a tus manos en el momento oportuno.


Aprende a esperar el momento exacto para recibir los beneficios que reclamas.


Espera con paciencia a que maduren los frutos para poder apreciar debidamente su dulzura.


No seas esclavo del pasado y los recuerdos tristes.


No revuelvas una herida que está cicatrizada.


No rememores dolores y sufrimientos antiguos.

¡Lo que pasó, pasó!


De ahora en adelante procura construir una vida nueva, dirigida hacia lo alto

y camina hacia delante, sin mirar hacia atrás.


Haz como el sol que nace cada día, sin acordarse de la noche que pasó.


Sólo contempla la meta y no veas que tan difícil es alcanzarla.


No te detengas en lo malo que has hecho; camina en lo bueno que puedes hacer.


No te culpes por lo que hiciste, más bien decídete a cambiar.


No trates que otros cambien; sé VOS el responsable de tu propia vida y trata de cambiar.


Deja que el amor te toque y no te defiendas de él.



Vive cada día, aprovecha el pasado para bien y deja que el futuro llegue a su tiempo.
No sufras por lo que viene, recuerda que “cada día tiene su propio afán”.


Busca a alguien con quien compartir tus luchas hacia la libertad;

una persona que te entienda, te apoye y te acompañe en ella.


Si tu felicidad y tu vida dependen de otra persona,

despréndete de ella y ámala, sin pedirle nada a cambio.


Aprende a mirarte con amor y respeto, pensá en vos como en algo precioso.


Desparrama en todas partes la alegría que hay dentro de ti.


Que tu alegría sea contagiosa y viva para expulsar la tristeza de todos los que te rodean.


La alegría es un rayo de luz que debe permanecer siempre encendido,

iluminando todos nuestros actos y sirviendo de guía a todos los que se acercan a nosotros.


Si en tu interior hay luz y dejas abiertas las ventanas de tu alma, por medio de la alegría, todos los que pasan por la calle en tinieblas, serán iluminados por tu luz.


Trabajo es sinónimo de nobleza.


No desprecies el trabajo que te toca realizar en la vida.


El trabajo ennoblece a aquellos que lo realizan con entusiasmo y amor.


No existen trabajos humildes.


Sólo se distinguen por ser bien o mal realizados.


Da valor a tu trabajo, cumpliéndolo con amor y cariño y así te valorarás a vos mismo.


Dios nos ha creado para realizar un sueño.
Vivamos por él, intentemos alcanzarlo.



Pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no podemos,

quizás entonces necesitemos hacer un alto en el camino

y experimentar un cambio radical en nuestras vidas.



Así, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo haremos.
No te des por vencido, piensa que si Dios te ha dado la vida,

es porque sabe que tú puedes con ella.


El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado,

sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino.


Vos y sólo vos elegís la manera en que vas a afectar el corazón de otros

y esas decisiones son de lo que se trata la vida.
Autor: Mahatma Ghandi (Alma Grande)

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domingo, 14 de noviembre de 2010

Nuestra predicación




Para mí la vida es Cristo

Jesús mío: ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya;
inunda mi alma con tu espíritu y tu vida;
penetra todo mi ser y toma de él posesión
de tal manera que mi vida no sea en adelante
sino una irradiación de la tuya.

Quédate en mi corazón en una unión tan íntima
que las almas que tengan contacto con la mía
puedan sentir en mí tu presencia;
y que al mirarme olviden que yo existo
y no piensen sino en Ti.

Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.
Esa luz, oh Jesús, vendrá toda de Ti;
ni uno solo de sus rayos será mío.
Te serviré apenas de instrumento
para que Tú ilumines a las almas a través de mí.

Déjame alabarte en la forma que te es más agradable:
llevando mi lámpara encendida
para disipar las sombras
en el camino de otras almas.

Déjame predicar tu nombre sin palabras…
Con mi ejemplo, con mi fuerza de atracción
con la sobrenatural influencia de mis obras,
con la fuerza evidente del amor
que mi corazón siente por Ti.

John Henry Newmann
(SGV, esto no lo escribí sho, sino este santo varón, el cardenal Newmann)


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