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lunes, 23 de enero de 2012

Lema OP 2012...rumbo al jubileo


CARTA DEL MAESTRO DE LA ORDEN - ENERO 2012

“¡Ve a decir a mis hermanos!” (Jn 20,15): Las dominicas y la evangelización


Es esta llamada de Cristo a María, al alba de la resurrección, la que ha sido elegida como tema de este cuarto año de la novena que nos prepara a la celebración del Jubileo de la Orden. Con el título “las dominicas y la evangelización”, este año nos invita, por tanto, a poner el anuncio de la resurrección en la fuente misma de la misión de nuestra Orden.


Lo primero que esta frase tan sencilla de Cristo despertó en mí, fue el recuerdo de la emoción que sentí, hace algunos años, en la iglesia de un pueblo de Irak. El alba había apenas despuntado y nos preparábamos para celebrar el ingreso al noviciado y la profesión de algunos hermanos jóvenes. Esperando aquel momento, se encontraban ya allí en la iglesia una gran cantidad de mujeres, y entre ellas madres, hermanas, amigas, hermanas apostólicas y laicas dominicas. Todas juntas, llenaban la iglesia con el denso silencio de su oración, mientras que alrededor nuestro, todo el país sufría el caos, la violencia y las amenazas. En el silencio, en presencia del Padre, estas mujeres oraban con una intensidad tal que, en el corazón del caos que devastaba el país y lo desgarraba con todo tipo de divisiones, ellas eran portadoras de la certeza de que nada puede acallar el mensaje de la vida. Un día, en este mundo, despuntó una aurora por el nacimiento, en el país de Judea, de un niño, Príncipe de la Paz. Su venida ha rechazado para siempre las tinieblas, a pesar de las apariencias, y la noche fue definitivamente destrozada cuando, desde lo más hondo de la muerte infligida, Él entregó su vida. Muy a menudo, en estos lugares del mundo donde la violencia pretende destruir y destruir todos los lazos sociales, las mujeres, las madres, están allí como guardianas de la vida que dan testimonio de que a pesar de las apariencias, nadie puede pretender hacerse dueño de una vida, que se recibe ante todo para ser entregada. ¡Ve a decir a mis hermanos! Diles la fuerza de la vida, la historia inaudita de la humanidad que, día tras día, nace de nuevo en el Espíritu de la vida ofrecida, hasta la Pasión, para la Resurrección. Estas mujeres de Irak manifestaban el horizonte de la misión de evangelización:


inscribir en el corazón de la historia humana

el gozo y la esperanza

en la vida entregada de Cristo

para que el mundo viva,

y aprender a ser sus testigos.


En la familia dominicana, las mujeres – monjas, hermanas apostólicas, laicas dominicas, miembros de Institutos seculares – aportan una contribución esencial a la misión de evangelización de la Orden. Más que hablar de predicación, opto por la definición de nuestra misión dada en la época de la fundación de la Orden: totalmente entregados a la evangelización de la Palabra de Dios. Somos de la familia de los “predicadores”, hombres y mujeres, ante todo porque comprometemos nuestra vida en esta aventura de la evangelización que, de algún modo, cada uno según su estado de vida y su ministerio, define “la vida” que deseamos llevar antes que describir “acciones”.


“¡Ve a decir a mis hermanos!” Por medio de este envío, Cristo encomienda a María y a las otras la tarea de invitar a la Iglesia a nacer de la predicación. Esto evoca para nosotros la primera intuición de la predicación que será fundadora de la Orden. En los primeros tiempos de esta nueva aventura de evangelización dirigida por Domingo son también, de hecho, algunas mujeres quienes vinieron para unirse a él, y luego algunos laicos, como para dar desde el comienzo la figura que debe tomar la evangelización: una especie de “pequeña Iglesia”, de comunidad reunida por la fuerza de la Palabra escuchada, reunida para escuchar juntos esta Palabra y llevarla al mundo. Como en la vida de Jesús – tal como escribe Lucas (Lc 8,14) – la comunidad se reúne al mismo tiempo que tiene la intuición de transformarse en una “comunidad para la evangelización”. Ya desde el origen, y por extraño que pueda parecer en aquella época, algunas mujeres formaban parte de la comunidad que se había reunido en torno a Jesús. Las categorías del mundo no tienen espacio cuando se trata de ser discípulos. Imaginemos esta comunidad que se constituye siguiendo a Jesús en el primer camino de la evangelización. La misma se reúne más allá de las debilidades, faltas, pecados, fragilidades que pueden ser sanados únicamente por Jesús. Y es a causa de su misericordia probada en tan diversos modos que se establece la santa predicación. Viéndolo vivir y enseñar, los discípulos probablemente tuvieron la ocasión de compartir sus experiencias de encuentro personal con Él. Y las mujeres del Evangelio tuvieron entonces la ocasión de testimoniar las palabras que Él les había dirigido: Palabra de anuncio de la resurrección, de reconocimiento de la fe y de promesa de salvación, palabra de vida y de perdón, de sanación y de confianza. Él les hablaba así, llegando al corazón mismo de su ser femenino, de su familiaridad con la vida engendrada, de su capacidad de cuidar y proteger la vida frágil, y también a su fuerza de confianza en la creatividad y la resistencia de la vida. Esas mujeres estarán con Él en los caminos de la enseñanza, así como también estarán con él en el camino que lo lleva al Calvario; ellas esperan en el jardín de la tumba, así como estarán en el camino, yendo de prisa a anunciar a los apóstoles que Él ha resucitado. La misión de evangelización tiene necesidad de este testimonio y de este anuncio para saber cómo hacer escuchar al mundo una Palabra que lleva en sí misma la vida.


Desde su fundación, cuando las primeras “dominicas” vienen para unirse a Domingo y nace la “santa predicación de Prouilhe” nuestra propia “comunión para la evangelización”, que es la familia dominicana, tienen necesidad de estar compuesta por hombres y mujeres, religiosos y laicos, porque ella necesita ser imagen de la primera comunidad que camina por los caminos con Jesús, que aprende de él cómo amar el mundo y cómo hablarle, cómo buscar al Padre y cómo recibir todo de Él. Todos juntos, en la diversidad y la complementariedad, así como en el respeto mutuo de las diferencias y la voluntad común de una igualdad entre todos, tenemos que realizar este “trabajo de la fraternidad” del que debemos ser signos en el mundo y en la Iglesia. Una fraternidad que sabe que el igual reconocimiento de cada uno se ve a menudo afectado por la mundanidad. En particular, hay mucho que hacer todavía para que, en distintos lugares, la palabra de las mujeres, tenga el mismo valor que la palabra de los hombres, para que sean rechazadas todas las injusticias y las violencias que sufren, todavía hoy, tantas mujeres en el mundo. Las dominicas, en la aventura de la “santa predicación” tienen ciertamente la tarea de recordar, contra viento y marea, que el mundo no puede sentirse “en paz” mientras estas iniquidades no se hayan resuelto. Hay que aprender a ser hermanas y hermanos, a identificar las injusticias, a combatirlas, a través del largo y bello trabajo de escucha y de mutua estima. Pero ellas tienen también que ser signos de que la evangelización no es primeramente una cuestión de ministerio sino una invitación a una cierta manera de vivir, enteramente dedicada a que la Palabra de Dios sea una buena nueva para el mundo. En el fondo, a menudo dedicamos tiempo para examinar primero lo que nos distingue en la familia dominica. Estemos atentos ante todo a lo que nos reúne y nos une: la gracia de la Palabra de Dios, su verdad y su fuerza, su vida y su misericordia. ¿Las dominicas y la predicación? Es ante todo el deber que tenemos todos de compartir con ellas lo que reciben y realizan de la gracia de “la evangelización de la Palabra de Dios” para que la comunidad se construya y se consolide en una misión común.


Porque, hablar de dominicas – monjas, hermanas, consagradas y laicas – es ante todo hablar de la parte inmensa que han tenido y tienen todavía hoy en este trabajo de la evangelización, en este engendrar la esperanza por medio de “la evangelización de la Palabra de Dios” en el mundo. Los lugares de oración y de fraternidad, de contemplación y de hospitalidad que son los monasterios de la Orden son las primeras piedras de la predicación. En estos lugares, las llamadas y las necesidades, las penas y las esperanzas del mundo entero, son recogidas en la oración y presentadas al Padre. La contemplación dominicana es así, total y profundamente, predicación. Es imposible enumerar los innumerables compromisos, amistades y obras realizados por las hermanas apostólicas de la Orden. Son siempre presencias y actos que hacen de la Palabra una buena nueva para sus contemporáneos. Con la preocupación específica de encontrar cómo traducir el deseo de que “se encienda el fuego” de la gracia del Espíritu en este mundo. Preocupación manifestada a lo largo de los siglos por sus fundadoras o fundadores, en contextos en los que el lugar y el reconocimiento de las mujeres no eran evidentes. En el caso de las hermanas laicas, en sus familias, sus grupos de amistad, los lugares de su profesión, es siempre esta gran creatividad y diversidad que se manifiestan para hacer ver y escuchar la Palabra como una buena nueva de la que puede nacer la esperanza de la resurrección.


Al hablar de las dominicas y la predicación, no es mi deseo desarrollar aquí el tema de la complementariedad, tan evidente, ni tampoco el del ministerio ordenado de la predicación. Como habrán ya comprendido, la cuestión no es ante todo lo que se hace, sino lo que se aporta al bien común de la santa predicación, y cómo todos juntos podemos organizarnos para recibir lo que es ofrecido. Las dominicas, creo – pero les corresponde a ellas expresarlo – aportan a la santa predicación una experiencia específica de la relación a Cristo, una manera particular de estudiar la Palabra, un modo preciso de organización de su fraternidad, una vulnerabilidad a lo que hace nacer y morir el mundo que les es propio, una manera de decir Dios. Ellas aportan también la gran diversidad de las interpretaciones de la intuición dominica tal como sus fundadoras se las han transmitido, y de manera especial una comprensión fulgurante, en un momento dado de la historia humana, de la actualidad de la intuición de Domingo en tal o cual contexto o medio, para una u otra tarea del servicio de la humanidad. ¡Ve a decir a mis hermanos! Esto sería quizás lo que tendrían que enseñarnos nuestras hermanas, laicas y religiosas. Esto sería también, sin duda, lo que los hermanos podrían tener ganas de aprender. Aprender juntos el mundo, y en este año muy particularmente, los hermanos gracias a las hermanas y las hermanas entre ellas, más allá de las divergencias, para dejar que se abra en el corazón de la santa predicación de hoy, una sed de la Palabra de resurrección. En una familia, los vínculos más sólidos y más bellos son a menudo los que se tejen a través del compartir gozos y penas, por la ofrenda mutua de las amistades compartidas, por el apoyo mutuo, cuando la prueba del mundo nos hace dudar de saber cómo encontrar nuestro futuro en él. En la familia, ¿no son a menudo las mujeres las que establecen los vínculos, ellas que son garantes del vínculo entre los seres, porque ellas engendran a la vida, ellas que inspiran la confianza necesaria para que el conjunto de los miembros tengan el deseo de nacer de nuevo en la fraternidad y en la filiación? Y para nosotros, en la familia de Domingo, el deseo de aprender a escuchar y a amar el mundo como hijas e hijos del Padre y como hermanas y hermanos de la humanidad, el deseo de ser, en este mundo, como “sacramentos de la fraternidad”.


“¡Ve a decir a mis hermanos!” Me parece que al hablar de las dominicas en su relación con la predicación, hay que evocar la experiencia difícil que tienen hoy en día varias congregaciones de hermanas apostólicas y varios monasterios de la Orden. Después de años de despliegue y desarrollo, he aquí que no se anuncia un relevo para el futuro. Debemos atravesar esta prueba reunidos, sosteniendo a la vez a cada uno en su especificidad y su autonomía, pero también dando testimonio de que la misión de la predicación realizada juntos es, por un lado, deudora de todo lo que ha sido sembrado y, por otro lado, es más grande que la misión específica de una institución determinada. No ignoro que puede ser difícil afrontar concretamente esta prueba, de manera realista y creativa, sin resignación y sin obstinación. Tenemos que “pasar” del lado de la verdadera esperanza de la vida, cuando algo de la muerte se deja percibir, cuando hay que cerrar casas en gran número y enterrar tantas hermanas queridas. Para realizar este paso tenemos absoluta necesidad de mantenernos solidarios y unidos a fin de preparar el futuro de la misión de la santa predicación a partir de las fuerzas actuales. Sin soñar lo que dichas fuerzas ya no son, sin determinar lo que ellas deberían ser. Sino recibiendo, simplemente, la gracia de las vocaciones dadas y ordenándolas a la misión común realizada por todos. La consagración y la vida religiosa deben abrir nuestra esperanza a las dimensiones del mundo, y para el mundo, y guardarnos de vivir paralizados ni por el recuerdo de las glorias pasadas, ni por las dificultades presentes. Se escucha a menudo decir que, en muchos lugares del mundo, la vida religiosa apostólica – y por tanto también dominicana – envejece mucho y que no podrá renovarse como fue en el pasado. Ciertamente. Pero hay una gran aventura por vivir en la vejez, que puede dar gracias de haber sido tan fecunda para la vida de la Iglesia y de tantas comunidades humanas: ¿podemos juntos, aprender a dejarnos llevar por la ligereza de la acción de gracias en lugar de desalentarnos por el peso del futuro perdido? Por encima de todo, y estamos todos convencidos de ello, la santa predicación tiene necesidad, una necesidad absoluta, de la contribución de mujeres dominicas que consagren a ella totalmente su vida: es por tanto reunidos, y a partir de lo que ya está muy vivo, que debemos preparar los posibles marcos de esta predicación. Esta necesidad, esta urgencia, de llamar a las mujeres a unirse a la misión de la Orden bajo sus diferentes formas posibles, es algo que atañe a todos los miembros de la familia dominica, tanto hombres como mujeres.


Como en el tiempo de la predicación de Jesús, como en los tiempos apostólicos, como también en el tiempo de la fundación de la Orden, en un tiempo en el que la Iglesia subraya la urgencia de la evangelización, la familia de Santo Domingo, “familia para la evangelización” tiene, hoy más que nunca, el deber de dejarse constituir por la fraternidad que “predica la Palabra”. Ve a decir a mis hermanos…


¡Un buen y feliz año para todas y todos!

Roma, 13 de enero 2012

fr. Bruno Cadoré O. P.

Maestro de la Orden



MI BLOG: http://mjd-milagro.blogspot.com/

miércoles, 29 de julio de 2009

LuMeN ECcLEsIAe







"Llama, fuego, antorcha, luz - son todas imágenes que usamos para describir lo que Domingo es para nosotros. Para nosotros. ¿Quién y qué es este "nosotros"? ¿Quiénes son los "nosotros", "para" quien Domingo es? ¿qué somos "nosotros"? Sin duda Dominicos. Pero solamente podemos ser Dominicos porque primero somos Iglesia. Es como lumen ecclesiae, no como lumen ordinis que nosotros saludamos a Domingo día tras día. Fue siendo "luz para la Iglesia" que se convirtió y es luz, antorcha, llama, fuego para nosotros por quienes él es hermano mayor y padre fundador. Su pasión fue traer luz a la Iglesia. Era hacer que la luz brillara y su brillo continuo fue lo que reunió a hermanas y hermanos a su alrededor y los hizo Predicadores. Y, desde luego, la Iglesia es luz, no para sí misma, sino para el mundo. La luz que Domingo crea para arder más brillantemente en la Iglesia es la luz que la hace ser lumen gentium".





Fr. Liam Walsh o.p.


FUENTE: http://curia.op.org/jubilee/index.php?option=com_content&view=article&id=70:luz-para-la-iglesia&catid=35:articulos-en-espanol-2009&Itemid=55


domingo, 12 de julio de 2009

Santo Domingo o la Gracia de la Predicación



Este es quizá el mensaje de Domingo para nuestro propio tiempo, el don de la predicación para nuestro siglo, entenderlo tal como es, aún a través de sus gritos inarticulados, amarlo como se debería, a pesar de todo y a pesar nuestro, porque Dios desea que todos los hombres alcancen «el conocimiento de la verdad» debemos también recordar que el Padre de los Predicadores, que oró tanto, hablaba poco.

http://mjd-milagro.blogspot.com/

lunes, 6 de julio de 2009

Domingo Predicador de la gracia: selección de textos para la reflexión.


En celebración continua de la peregrinación por el Jubileo, la cual culminará en el 2016 con el 800 aniversario de la confirmación de la Orden(...)


1. El genio de la Orden

"Tal vez se preguntarán porqué hemos preferido restablecer una Orden anti-gua más que fundar una nueva… La Orden no tiene nada de antiguo, más que su historia, y sería un sin sentido escogerla por la sola satisfacción de referirla al pasado"

(Trad. LACORDAIRE Henri Dominique,
Mémoire pour le rétablissement en France de l’ordre des Frères Prêcheurs, Paris, 1839, pp. 80-81).



Preguntas:
1. ¿Hemos hecho nuestra la "continua recognitio" "vocación propia de la Orden" (LCO TEMA DEL AÑO 2009: DOMINGO PREDICADOR DE GRACIA SELECCIÓN DE TEXTOS PARA AYUDARNOS EN NUESTRAS REFLEXIONES1 § VII), tanto en el ámbito personal como en el comunitario?
2. ¿ Cuántas veces pensamos en la "renovación de la Orden" con nostalgia "arqueologista"?
2. Santo Domingo asume la misión del Verbo

Él asume la misión del Verbo Unigénito mi Hijo. Directamente en el mundo aparecía como un apóstol, con tanta verdad y luz sembraba mi palabra quitando las tinieblas y dando la luz. Él fue una luz que yo di al mundo por medio de María, puesto en el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia... ¿Porqué dije "por medio de María"? Porque María le dio el hábito, encomendándole el oficio desde mi bondad.
(Trad. Caterina da Siena,
Il Dialogo, cap. 158, ll. 475-483, a cura di Giuliana Cavallini, Ediz. Cantagalli, 1995).





Preguntas:

1. ¿Somos conscientes de ser "enviados" "Ay de nosotros si no predicásemos!"? Cf. I Cor. 9, 16.
2. ¿Somos conscientes de haber recibido un don por medio de María?
3. ¿Somos sembradores que se identifican con la semilla hasta estar dispuestos a dar nuestra vida por Jesús?
3. La misión de la Orden en el tiempo

Ustedes, Dominicos, tienen la misión de proclamar que nuestro Dios está vivo, que él es el Dios de la vida, y que en Dios existe la raíz de la dignidad y de la esperanza de la humanidad, la cual es llamada a la vida… Sus Constituciones dan la prioridad al ministerio de la palabra en todas sus formas orales y escritas, y el vínculo entre el ministerio de la palabra y el de los sacramentos es su coronación.

(Trad. Ioannes Paulus II, Allocutio ad Capitulum
Generale Ordinis Fratrum Praedicatorum Romae
celebratum, Acta 1983, pp. 190-199).
Preguntas:

1. ¿Nuestra predicación, es más el "buen anuncio" de la "vida nueva en Cristo Jesús" o únicamente la denuncia del "mal del mundo"?
2. Quien nos escucha, ¿es ayudado a desear el encuentro con Jesús "el Hijo de Dios vivo"?

4. Santo Domingo y la gracia de la predicación.

La luz de un santo sobrepasa evidentemente la obra de su vida. La gracia de Domingo ilumina más allá de la Orden que él ha fundado, situándose deliberadamente al servicio de la Iglesia entera, in medio Ecclesiae.

[…] El secreto de la gracia de la predicación se comprende mejor quizás en lo que nos refiere un testigo del proceso de canonización de Bolonia y que es como una invitación: "Por el contrario, siempre Santo Domingo hablaba de Dios o con Dios y es de Dios de quien hablaba a las personas que se unían a él en la ruta".

(Trad. Bedouelle Guy, Dominique ou la grâce
de la Parole, Fayard Marne, 1982).

Preguntas:

1. Santo Domingo quería que sus hijos fuesen "cooperadores del orden episcopal". Nuestra predicación, ¿es una predicación "in medio Ecclesiae"?
2. ¿Sabemos ser predicadores "siempre" con todos cotidianamente?

5. Santo Domingo y la Compasión

Dios le ha dotado de una gracia especial de predicador para los pecadores, los pobres y los afligidos: Él consoló su dolor en el santuario más profundo de su compasión y las lágrimas que él derramó y que fluyeron de sus ojos mostraron el sentimiento ardiente que lo quemaba por dentro.

(Trad. Iordanus de Saxonia,
Libellus, MOPH XVI, 12).

Preguntas:

1. ¿Nos hacemos más bien acusadores del que se equivoca o tendemos a ofrecerle una prueba de estima más profunda que facilite una experiencia de comunicación y de comunión?
2. La fragilidad en el obrar de los otros suscita en nosotros más indignación o compasión; en la práctica, ¿percibimos más el mal que ha sido cometido o el sufrimiento que el pecador se ha causado?




6. La Caridad y el Compañerismo de Santo Domingo




Todos estaban incluidos en el amplio abrazo de su caridad, y mientras él amaba a todos, todos lo amaban a él… otra cosa que lo hacía tan atrayente para todos era su franqueza; nunca había un indicio de engaño o hipocresía en algo que dijera o hiciera.




(Iordanus de Saxonia, Libellus, MOPH XVI, 107).





Preguntas:

1. ¿Es nuestra sinceridad dulce y misericordiosa?
2. ¿Hemos buscado alguna vez de comprender "nuestras segundas intenciones"?
3. ¿Estamos dispuestos a señalar sea como sea en primer lugar los aspectos positivos de las situaciones que vivimos o somos los enésimos"maestros de la sospecha"?


7. Prouilhe : la contemplación como fuente de la predicación y de su renovación

"Prouilhe […] recuerda que todo renacimiento, toda renovación de la Orden pasa por la oración coral y por la contemplación, por el estudio amoroso de la Palabra y la vida fraterna. Ochocientos años no se celebrarían sino se buscase reencontrar el gusto por el estudio compartido, la oración y la vida común, la contemplación como fuentes de la predicación".

(Trad. AZPIROZ COSTA Carlos A., Prèface du
livre : Sainte-Marie de Prouilhe, 800 ans d’Histoire
Dominicaine, 1206-2006, Edition du Signe,
Strasbourg, p. 5)


Pregunta:

1. En nuestro ritmo de vida cotidiano ¿cuánto tiempo reservamos a la contemplación?
¿En qué medida estamos afectados por el "activismo"?
2. ¿Sabemos permanecer en la expectativa que el Señor "nos abra las sendas de la predicación", o queremos ser siempre nosotros los protagonistas, terminando por predicarnos a nosotros mismos?


8. Santo Domingo y las Escrituras


El hermano Juan de España dijo, que el hermano Domingo a menudo motivaba y exhortaba a los frailes de la Orden mediante su palabra y sus cartas para siempre estudiaran el Nuevo y el Antiguo Testamento… Domingo siempre llevaba con él el Evangelio de Mateo y las cartas de Pablo y las estudiaba mucho, tanto así que casi se las sabía de memoria.


(Trad. Acta canonizationis S. Dominici, MOPH
XVI, Bologna 29).


Pregunta:

1. ¿Predicamos la Palabra de Dios o nuestras "bellas ideas" , nuestros miedos o a nosotros mismos?
2. ¿Nuestra meditación de la Palabra de Dios esta preparada desde un estudio serio de la Palabra de Dios o es más bien improvisada?


9. La pasión de la Palabra


Es necesario el valor y la tenacidad para continuar a anunciar el Evangelio en un mundo que le es hostil. Se tiene a veces el sentimiento de perder el tiempo y de no obtener ningún resultado. Domingo no cedió jamás a estas tentaciones. Al contrario, no dejaba pasar la oportunidad de anunciar la Palabra de Dios y exhortaba a sus hermanos a hacer lo mismo.


(Trad. Quilicï Alain, «En suivant un Maître
spirituel», La Revue du Rosaire, Juillet-Août 2003, p. 21)

Preguntas:

1. ¿Vivimos resistiéndonos a predicar integralmente el Evangelio?
2. ¿Buscamos medios de predicación adecuados a las nuevas tecnologías de la comunicación?
3. ¿Nos sentimos "inútiles predicadores en el desierto" o más bien "enviados"?


10. La lectura de la Palabra de Dios


Entre los métodos de la vida espiritual que Santo Domingo practicó, existe uno que él ha tomado de la gran tradición monástica y que es el de la lectura meditada de la Palabra de Dios, que se llama Lectio Divina. Esta consiste en leer una página del Antiguo o del Nuevo Testamento, no como un texto en medio de tantos otros, sino como siendo la Palabra de Dios. Leyendo el texto, uno se coloca en actitud de escucha a Dios quien nos habla.

(Trad. Quilicï Alain, «En suivant un Maître
spirituel», La Revue du Rosaire, Juillet-Août 2003, p. 22)

Preguntas:

1. ¿Predicamos más aquello que sabemos o comunicamos una experiencia espiritual ("contemplari et contemplata aliis tradere", no studere et scita aliis tradere…)?
2. ¿Tenemos temor de comunicar nuestra experiencia de Fe en un coloquio comunitario en un encuentro de grupo?
3. ¿Hemos hecho alguna vez la Lectio divina? ¿Sabríamos animarla?


11. Los inicios de los Frailes


[…] Apareció como apóstol en el mundo y salvó la semilla de mi palabra, con gran verdad y luminosidad, disipando la oscuridad y aportando claridad… ¿En qué mesa alimenta a sus hijos e hijas con la luz de la ciencia? En la mesa de la Cruz, que es la mesa del deseo divino… Domingo no desea que sus hijos e hijas se dediquen a nada más que permanecer en esta mesa, para buscar con la luz de la ciencia la gloria y alabanza de mi único nombre y de la salvación de las almas… Por tanto su religión es un jardín delicioso, amplio y extenso, gozoso y fragante.

( Trad. Caterina da Siena, Il Dialogo, cap. 158,
ll. 476-527, a cura di Giuliana Cavallini, Ediz.
Cantagalli, 1995).

Preguntas:

1. Santo Domingo es a menudo representado arrodillado a los pies de la cruz ¿Es también para nosotros la cruz "la mesa del deseo divino"?
2. Para Santo Tomás de Aquino (S. th. III, 46, 3; 49, 1) la pasión de Cristo es también en primer lugar una "invitación a la caridad", una "provocación" (ad diligendum Deum; ad caritatem). ¿Sabemos vivirla y predicarla como la "más abundante misericordia" (S. th. III, 46, 1, 3m) del Padre?


12. Pobreza, el pobre y la predicación

La opción por la pobreza y por el pobre era para santo Domingo algo mucho más profundo que una elección moral. Era para él la revelación del verdadero rostro de la Iglesia y de su predicación. Domingo descubría que la predicación hace a la Iglesia y la Iglesia a la Predicación. Descubría que una predicación según el Evangelio reúne en la Iglesia a los hijos de Dios dispersos […].

(Trad. WALSH Liam, Lumière pour l’Eglise, IDI,
Juin 2006, n. 443, p. 172/b).

Preguntas:

1. La elección de la pobreza voluntaria"o Dio o la mamona" Mt. 6,24) es el "primer fundamento para adquirir la perfección en la caridad" (S. th. II II, 186, 3), ¿Estamos convencidos de esto?
2. Nuestra predicación ¿se dirige en primer lugar a los "dispersos", a los que están lejos o a nuestro pequeño rebaño personal?


13. Nuevos lugares de predicación

La nuestra es una misión sin fronteras una misión ad gentes que nos enfrenta a algunas urgencias. Es fundamental preguntarse no solamente lo que la Orden tiene necesidad de nosotros sino más aún qué es lo que la sociedad y la Iglesia esperan de nosotros. ¿Dónde se encuentran hoy las líneas de fractura de la humanidad? Cuáles son los areópagos en donde debemos predicar?

(Trad. AZPIROZ COSTA Carlos A., Relazione
del Maestro dell’Ordine sullo stato dell’Ordine, Atti
Capitolo Generale di Bogotà, Appendice n. 52)


Preguntas:

1. Nuestra vida religiosa que comporta una cierta "separación", ¿nos permite asumir mejor las exigencias más profundas de la actualidad?
2. ¿Sabemos pronunciar palabras de consolación o solamente de "denuncia" o peor de "condena"?



martes, 26 de mayo de 2009

Pentecostés y Santo Domingo: La gracia de la Predicación.



(...) "Mirando hacia la solemnidad próxima de Pentecostés, somos conscientes que el Espíritu Santo que ungió a los primeros discípulos de Jesús, enviándolos a predicar las Buena Nueva al mundo (Hech 2), es el mismo Espíritu que ungió a Santo Domingo para predicar el evangelio de Jesucristo hace 800 años. Esta misión de predicación apostólica fue confirmada para Domingo durante su peregrinación por Roma en enero de 1217:



Hallándose el hombre de Dios, Domingo, en Roma, en la basílica de San Pedro en presencia de Dios, dirigió su oración en favor de la conservación y expansión de la Orden. Por medio del Señor contempló...que se le acercaban de repente los gloriosos príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo; le parecía que el primero, es decir, Pedro, le entregaba un cayado para apoyarse. Pablo, empero, un libro, y agregaron: «Ve, predica, porque has sido elegido por Dios para este ministerio». Enseguida, en el mismo instante, le parecía que contemplaba a sus hijos distribuidos por el mundo entero, marchando de dos en dos [Lc 10,1] y predicando la palabra de Dios a las gentes.(i)







Aquí estamos hoy los hijos e hijas de Santo Domingo, que 800 años más tarde seguimos procurando ser fieles a nuestra llamada de predicar la Buena Noticia a la gente de nuestro tiempo. Conscientes de esta gran herencia y responsabilidad, les invitamos, hermanas y hermanos dominicos de todo el mundo, a unirse a nosotros en la renovación de nuestro compromiso de la Gracia de la Predicación en el espíritu de Santo Domingo.



En las semanas próximas y meses, celebraremos con la Iglesia universal varias solemnidades y fiestas importantes para nuestra Orden. Culminando el Tiempo Pascual con la celebración Solemne de Pentecostés, comenzaremos nuestra peregrinación por el Tiempo Ordinario, que incluirá las celebraciones festivas de los Santos Pedro y Pablo y de Santa María Magdalena - todas nos invitan a ser predicadores valerosos del Evangelio. Éstas nos conducirán a la Solemnidad de Nuestro Padre Santo Domingo, seguida de la Asunción Gloriosa de María, el mismo día en el cual Santo Domingo dispersó a los primeros predicadores de la pequeña colina al lado del Monasterio de Santa María de Prouilhe.






Por lo tanto, cuando viajamos por estas maravillosas celebraciones litúrgicas, nos dejamos animar los unos a los otros para profundizar nuestro compromiso de predicación de la Buena Noticia. En estas próximas semanas y meses, invitamos, a los hermanos y las hermanas de la Familia dominicana de todo el mundo, a renovar nuestra vocación de predicación (...)





También les invitamos a unirse a nosotros en el rezo de la Oración del Jubileo cada día durante estas semanas y meses próximos, abriendo nuestros corazones para recibir de nuevo la unción del Espíritu, y responder una vez más fielmente a la Gracia de la Santa Predicación, confiada a nosotros por Santo Domingo.






Sus hermanos y hermanas en Santo Domingo






Fuente: http://curia.op.org/





http://mjd-milagro.blogspot.com/





jueves, 14 de mayo de 2009

Santo Domingo, Predicador de la Gracia #2


Por Fr. David Michael Kammler OP
Promotor General para el Laicado Dominicano



Queridas hermanas y hermanos en Nuestro Padre Santo Domingo,

Es una verdad común, especialmente presente en la Biblia: “Todo lo que existe necesita momentos de renovación para sobrevivir” – incluidos nosotros, los seres humanos. En la historia, y en la experiencia de la humanidad, están previstos momentos regulares de renovación, de nueva creación, que pueden presentarse dentro de una semana, un mes, un año, un siglo; una oportunidad de renovación física, agraria, una revitalización social y espiritual. Son esos 'tiempos santos' donde podemos recuperar la integridad de la creación, la totalidad de nuestra vida religiosa en todas sus dimensiones, con respecto a nosotros mismos, así como en la sociedad y, como fuente de todo eso, nuestra relación con Dios.

También las ramas de nuestra Orden necesitan momentos de revitalización para liberar la totalidad de nuestra predicación y reavivar la llama de la visión original de Sto. Domingo. La “novena de años de jubileo”, celebrada en nuestra Familia Dominicana, podría ser una oportunidad de renovación para nuestra Orden en todas sus ramas, de acuerdo con su origen. Comenzó ya hace dos años en memoria del ochocientos aniversario de la fundación del monasterio de Prulla y continuará hasta el año 2016, 800 años después de la confirmación oficial de la Orden de Predicadores por el Papa Honorio III.

Estos nueve años podrían ser una oportunidad de renovación también para la parte más numerosa de nuestra Orden, las Laicas y Laicos Dominicos. No hay cuatro antorchas diferentes, ardientes separadas, más bien una; una sola llama que se derrama en diferentes lenguas de fuego. El símbolo de la antorcha ardiente es muy familiar para nosotros, miembros de la Familia Dominicana, tomado del famoso sueño de la madre de Santo Domingo estando embarazada de él. Pero, ¿qué significa realmente eso en nuestros días, 'estar embarazados' de nuestras visiones al predicar la Gracia de Dios?

Esta novena de años será una oportunidad para encender de nuevo la llama de nuestra vocación. La antorcha que está en la boca del famoso perro dominicano, nos recuerda obviamente la comparación de las palabras de Jesús cuando se dirige a sus amigos: “¡Ustedes son la luz del mundo!... Brille así su luz ante los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos!” (Mt 5,14.16). San Pablo, en su primera carta a los Corintios, formuló esa consecuencia natural exclamando: “¡Ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Cor, 9,16) La luz de la Gracia que recibimos debe brillar y no ser puesta debajo de una vasija. ¡Ay de nosotros si no predicamos el evangelio!” – en esa pequeña variación la exclamación de San Pablo es también el lema de nuestros años dominicos de novena dedicados a la renovación de nuestra vocación común.

Cuando escuchamos con atención las palabras de Jesús, descubrimos una diferencia, - un tanto oculta, pero importante -, que está presente en estas dos frases. Jesús dice: ¡Brille, así, vuestra luz…! , pero no dice ¡Deben ser la luz del mundo! pero ¡Ustedes son...!. Es una cualidad natural y obvia de la luz, el 'debe', ser aplicado a la luz, de brillar, no a un esfuerzo adicional, como un segundo trabajo. Así los/las dominicos/as no deberíamos considerar nuestra predicación como un trabajo suplementario, un peso depositado en nuestros hombros, además de nuestras obligaciones con la familia, la profesión laboral, la sociedad y la iglesia. Reavivar la llama de la antorcha de Santo Domingo como ¡Lumen Ecclesiae!, como ¡Luz en la Iglesia!, debería concentrarse en esta pregunta: ¿Cómo renovar la llama de nuestra vocación? La segunda será una consecuencia: ¿Cómo puede la luz que viene de Jesucristo, nuestro Señor, ser reflejada por nosotros/as, para que brille más eficientemente ante nuestros contemporáneos? Vivir la tradición hoy significa – usando la parábola bíblica – : ¡Mantener la llama ardiente, y no administrar las cenizas!

Santo Domingo – Predicador de la Gracia

Dentro de la comisión que fue escogida para preparar los respectivos temas para los años de jubileo sugerimos dedicar este año 2009 a la persona de nuestro fundador él mismo y su misión esencial: ¡Santo Domingo – Predicador de la Gracia! ¿Qué podría significar ese lema para nuestras comunidades laicas dentro de la Orden de Predicadores? Palabras que son muy utilizadas a menudo pierden su brillo y llegan a estar vacías, como las vainas sin semillas. Es el peligro de palabras piadosas e importantes que son demasiado familiares a nosotros. Por otro lado, “Gracia”, la Gracia de Dios a nosotros, es una palabra central de la Biblia, para ser encontrada allí casi 200 veces. ¡Es la calidad esencial de Dios! Sería muy provechoso y efectivo que deletreáramos a través de esa palabra de la Biblia, juntos ahora. El tiempo limitado no permite eso, desafortunadamente. Yo no oso contestarlo entrando en detalles para Ustedes. Qué puedo tratar aquí y en este momento es el de estar junto a Ustedes en algunos de sus colores espectrales. ¡Cada región, subregión, provincia o vicariato, cada fraternidad o grupo, cada uno/a de Ustedes puede considerar lo que eso podría significar para Ustedes, llegando a ser predicadores/as de Gracia en su sociedad e iglesia, en sus condiciones concretas de la vida! ¿Cómo podemos predicar la Gracia de Dios hoy, para que pueda ser comprendida realmente? Permítanme tratar siete traducciones de la palabra “Gracia” – según los siete colores espectrales principales de la luz, reflejados en el arco iris:

Gracia = ¡Dios te ama incondicionalmente!

En un mundo de comercio, de venta y compra, de producir y ganar bienes materiales, el amor como un regalo incondicional es ‘contra-productivo’ y provocador. Nosotros no necesitamos producir nada para ser amados por Dios. Estaremos sorprendiendo y quizá primero causando sospecha cuando predicamos por nuestro comportamiento en el contacto con las personas que encontramos: “¡Yo no deseo algo de Usted, que debe hacer para mí o la salvación de su alma. Quiero comprenderlo y aceptarlo, incluso presentarle maneras alternativas. Estoy interesado en su biografía, en sus esperanzas y desilusiones, en sus penas y alegrías. Lo que Usted produce no es decisivo para mí, lo que Usted es, es mucho más importante; y que Usted llegue a ser feliz y satisfecho. Yo le estimo como hermano o hermana, amado/a por Dios desde principio de su vida. Usted es aún mucho más importante para mí que sus fracasos y caminos erróneos! ¡Nada nos puedo separar del amor de Dios!”

Gracia = ¡Dios te creó como una persona única dentro una comunidad!

En un mundo de aislamiento y anonimato el valor de la persona individual a menudo es descuidado. El individuo ha llegado a ser intercambiable como un mercadería. Predicar la Gracia de Dios en este situación podría significar estimar el valor del individuo. “Te he llamado por tu nombre, mío eres tú ..” – esa promesa hablada por Dios al profeta Isaías (Is 43,1), y repetido por Jesús en sus palabras: “(El buen pastor)..llama a sus ovejas por su nombre ...” (Juan 10,3) – esa promesa puede dar cuenta cuando consideramos nuestra diversidad no como una amenaza de nuestra unidad, pero si como un enriquecimiento . Nosotros no necesitamos personalidades débiles sino fuertes en nuestra Orden, incluso si eso sea también fuente de conflictos. La manera cómo nosotros tratamos con disparidades de opiniones, puede también llegar a ser una predicación de cómo resolver conflictos de manera cristiana, justa y humana. Ustedes saben que nuestras primeras comunidades dominicas fueron llamadas “Sacra Predicatio” – predicación sagrada. Yo personalmente fui atraído a la Orden de Predicadores hace 46 años, porque me di cuenta que no había personas intercambiables sin cara, sino personas fuertes que viven, ríen y luchan juntos. El Espíritu de Dios provoca y apoya el desarrollo de carismas diferentes dentro de la iglesia. ¡Así prediquemos nosotros la Gracia de Dios como personas únicas, unidos en una comunidad como nuestra Familia Dominicana dentro de nuestra iglesia cristiana!

Gracia = ¡Dios te propicia a reflejar su imagen!

Predicar la Gracia de Dios en un mundo donde la dignidad de las personas a menudo es tan acechada, podría significar - en la tradición de nuestros hermanos Francisco de Vitoria, Antón de Montesinos, Pedro de Córdoba y Bartolomé de las Casas y muchos otros hombres y muchas otras mujeres de nuestra Orden hasta en nuestros días: “comprometerse ilimitado para el respeto de cada sujeto sea quien sea”, especialmente para los que son rechazados y excluidos. ¿Dónde están hoy en nuestra sociedad, en mi ambiente, los ‘Lazaros’, los ‘leprosos’, los ‘pobres’, los ‘ciegos’, los ‘paralíticos’, los ‘hambrientos y sedientos’, incluidos los maliciosos y degenerados? Predicar el mensaje de Cristo crucificado y resucitado nos permite buscar y descubrir la imagen de Dios en un rostro humano, aún en los sujetos más enajenados y torcidos. Nosotros dominicos nos reconozcamos a nosotros mismos como esos/as que buscan la Verdad. Eso no sólo debe ser comprendido de frases formuladas dogmáticamente exactas, sino también ‘decocificando’ el rostro verdadero de Dios en la cara de todo de los seres humanos.

Gracia = ¡Dios te libera de todos tipos de esclavitud!

En un mundo de esclavitud y de la revancha el mensaje de Gracia debe recobrar el olor y sabor de la libertad. El respiro profundo, el ay! de alivio pueden ser el lenguaje respetado del cuerpo que responde a este regalo de amor de Dios. ¿Meditamos nosotros esta sensación de bienestar de la vida, cuando atestiguamos nuestra fe? En la tradición judía la liberación de la esclavitud por Dios es el principal acontecimiento histórico y espiritual, no sólo en la revisión, sino con consecuencias religiosas y sociales en la presencia y para el futuro. “¡Diario se tiene que dejar Egipto!” – este dicho viejo de sabiduría también refleja nuestra comprensión cristiana de salvación. “Egipto”- hoy: La permanente esclavitud de injusticia y guerra; la esclavitud de explotación y dependencia económica; la esclavitud de pecado. ¿Cómo predicar la liberación de Dios de todas las apariencias de esclavitud hoy? Predicando la justicia, la paz y el perdón de palabra y obra, puede ser el servicio de nuestras hermanas y nuestros hermanos especialmente en estos lugares, donde nosotros como frailes no tenemos el acceso necesitado. Seguramente, el sacramento de reconciliación es reservado a ésos que recibieron el ministerio de ordenación sacerdotal. Pero hay también el ministerio diario de perdón, para mejorar las condiciones sociales humanas, que es confiado a todos los miembros de un pueblo santo de Dios.

Gracia = ¡La compasión de Dios es ilimitada!

En un mundo, lleno de crueldad y sufrimiento, predicamos a un Dios que es complaciente y compasivo. La palabra hebrea para la complacencia es ‘rechem’, la misma palabra que fue usada para la matriz (la placenta) de una madre. Jesús renovó esta vista afectuosa de Dios, cuando dijo a sus discípulos para llamar a Dios con la misma expresión como ellos se dirigen a la persona humana más familiar , un padre amoroso (¡y seguramente también una madre!): “Abba” – papá/mamá. ¡Cuando hay padres buenos, estos son los mejores ejemplos para la compasión humana, cuan indefinidamente más podemos atribuir a Dios esta característica! Ser compasivo, puede ser un sermón muy impresionante de la Gracia de Dios. El apóstol Pablo invitó a la comunidad cristiana: “¡Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran!” (Ro 12.15). El alegre, el lloroso, el decepcionado, el sufriente y el agonizante Jesús es y será para sus discípulos la mejor persona de identificación con esa calidad de Dios. La compasión fue también el rasgo característico principal de Sto. Domingo, predicador de la Gracia.

Gracia = ¡Dios te confía su creación!

En un mundo, explotado y enajenado de su determinación, el cuidado de creación no es sólo el lema para partidos verdes o un afición para jardineros, sino un servicio necesario religioso. Acordémonos, cómo mi compatriota San Alberto Magno, el predicador itinerante y maestro de San Tomás Aquino, encontró las huellas de Dios en Su creación. También en nuestro millenium la biodiversidad, hasta los milagros técnicos actuales, revela la abundancia y variedad de Dios mismo, alabada a menudo en los salmos bíblicos. Dios nos confía la tierra para el cultivo, para bienestar y utilidad de todos; el primer capítulo de la Biblia ya nos da una orientación para nuestra responsabilidad hacia el proceso de creación. Cuando nosotros mismos nos consideramos egoístamente como el centro de nuestras acciones de deseo, - simbolizado por el ‘árbol de la vida’ en el centro -, aflojamos el paraíso, que Dios proporcionó a la tierra. “¡Paraíso perdido!” , sino también “¡Paraíso restaurado!” Ser un predicador laico dominico (= predicadora dominica), incluye el cuidado de todas las situaciones ‘desiertas’, para que puedan crecer pequeños ‘biotipos’ de la vida. Ser responsable para la integridad de la creación empieza con el cuidado diario cómo utilizar la energía y el medio ambiente, continúa con el conocimiento sobre procesos económicos saludables hasta la materia científica difícil de la ‘bioética’. ¡No necesitamos ser expertos en todo! Pero laicas/os dominicos bien informados y entrenados, - no necesariamente académicos -, podrían llegar a ser predicadoras/es excelentes de Gracia en esas áreas tan esenciales para nuestra sobrevivencia.

Gracia = ¡Dios nutre y supera tu esperanza!

En un mundo de desesperanza y desconfianza compartimos las frustraciones de nuestros contemporáneos. Pero también recibimos regalos con el dote de la Gracia de Dios, la esperanza; que “no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado.” (Ro 5,5). ¿Dónde está nuestra esperanza alimentada? Ni de pronósticos científicos ni del rasgo característico básicamente optimista. Nuestra esperanza tiene un rostro humano: ¡Jesucristo sólo! Él es la razón única de nuestra esperanza. Porque nosotros nos fiamos de sus palabras y actos, no necesitamos desesperar también en las extremas situaciones sin salida. Una comunidad creyente es el mejor caldo de cultivo, para que la planta de esperanza, a menudo tan susceptible, pueda prosperar. Es un signo de gracia cuando podemos reforzarnos uno al otro mutuamente en la esperanza. Pero las promesas de Dios están más allá de nuestras comprensiones. Él quiere darnos interminablemente más de lo que podemos esperar en nuestros sueños aún más optimistas. Por lo tanto predicar la Gracia de Dios jamás se contentará con las condiciones dadas. No hemos nacidos como pollos, tratando algunas tentativas desperadas de vuelo en nuestra jaula limitada de vida. ¡Hemos nacidos como águilas y cóndores, determinados para levantarnos con las alas de la esperanza en el cielo! La Gracia de Dios nos dará para eso el viento ascendente necesario.

Conclusión

Estimadas hermanas y hermanos, en cada uno de esos siete ‘colores espectrales’ de Gracia Ustedes podrían encontrar muchos ejemplos en las historias de la Sagrada Escritura y así en la biografía de nuestro padre Sto. Domingo – y ojalá en nuestro currículum; para que también nosotros seamos llamados a continuarlos. “¡Ustedes son la luz del mundo!” - Vamos al encuentro de esa dirección? ¡Utilicemos este años de jubileo para alabar, para estudiar, para predicar la Gracia de Dios en nuestros días cada vez más juntos como una familia!

Lima / Perú , marzo de 2009

viernes, 10 de abril de 2009

Oración dominicana: Una visión del prójimo. REVISAR

Una de las afirmaciones sobre Santo Domingo más frecuentemente citadas es que "entregaba el día a su prójimo y la noche a Dios". Es una afirmación elocuente, pero, en cierto modo, no es estrictamente verdadera, pues, incluso antes de que el día se acabara, en el gran silencio y soledad de las largas vigilias nocturnas de Domingo, el prójimo no era nunca olvidado. Según uno de los contemporáneos del Santo -el hermano Juan de Bolonia-, después de largas oraciones en las que permanecía postrado boca abajo en el suelo de la iglesia, Domingo se levantaba y rendía dos pequeños actos de homenaje: primeramente "visitaba cada uno de los altares de la iglesia… hasta la media noche", y después "iba sigilosamente a visitar a los hermanos que dormían y, si era necesario, les cubría".
El modo en que este relato ha sido escrito produce en uno la sensación de que la reverencia de Domingo hacia cada uno de los altares de la iglesia está, de algún modo, íntimamente relacionada con su reverencia y cuidado de los hermanos que dormían. Es casi como si Domingo reconociera, antes que nada, la presencia de lo sagrado en los altares y después, con no menor reverencia, esta misma presencia en sus propios hermanos. Hay una frase de Nicolás Cabasilas citada por Yves Congar. Dice así: "De entre todas las criaturas visibles, sólo la naturaleza humana puede ser realmente un altar". El mismo Congar, en su libro El misterio del templo, se permite afirmar: "Todo cristiano tiene derecho al nombre de 'santo' y al título de 'templo' ". Igualmente Jordán de Sajonia, el primer maestro después de Domingo, haciéndose eco de la misma visión paulina, exclamó en una carta escrita a una comunidad de monjas dominicas: "El templo de Dios es santo y ese templo eres tú; no cabe ninguna duda de que el Señor está en su santo templo cuando mora en ti ".
Catalina va más allá de todos los que, en la tradición dominicana, han hablado o escrito sobre el tema del prójimo en la contemplación. En la primera página de su Diálogo se nos dice que, "cuando estaba orando, elevada espiritualmente", Dios le reveló algo sobre el misterio y dignidad de cada uno de los seres humanos. "Abre los ojos de tu mente", le dijo, "y verás la dignidad y la belleza de mis criaturas racionales". Catalina le obedece inmediatamente, pero, al abrir los ojos de su mente en oración, descubre no sólo una visión de Dios y una visión de ella misma en Dios como su imagen, sino también una nueva y compasiva visión y conocimiento de su prójimo. "Inmediatamente se siente obligada", escribe Catalina, "a amar a su prójimo como a sí misma, porque ve cuán supremamente es amada por Dios, observándose a sí misma en la fuente del mar de la esencia divina".
Dentro de estas palabras de Catalina, hay una verdad simple, pero profunda: el origen de su visión del prójimo y la causa de su profundo respeto por la persona individual es su experiencia contemplativa. Lo que Catalina recibe en la oración y contemplación es lo que Domingo recibió antes que ella: no sólo el mandamiento divino de amar a su prójimo como ella misma había sido amada, sino una inolvidable intuición que va más allá de las consecuencias de la miseria humana, un vislumbre de la gracia y de la dignidad ocultas en cada persona. Esta visión del prójimo afectó tan profundamente a Catalina que, en una ocasión, comentó a Raimundo de Capua que, si él pudiera ver como ella veía esta belleza, la belleza interior y oculta de la persona individual, sería capaz de sufrir y morir por ella. "Oh Padre… si pudieras ver la belleza del alma humana, estoy convencida de que estarías dispuesto a morir cien veces, si esto fuera posible, por la salvación de una sola alma. Nada en este mundo sensible que nos rodea puede compararse en hermosura al alma humana".
La afirmación de estar dispuesta a morir cien veces por el hermano parece extrema, pero es típica de Catalina. En otro lugar Catalina escribe: "¡Aquí estoy, pobre desdichada, viviendo en mi cuerpo y, sin embargo, constantemente fuera de él en el deseo! ¡Ah, amable y buen Jesús!, estoy muriendo y no puedo morir". "Estoy muriendo y no puedo morir", Catalina repite esta última frase varias veces en sus cartas.
"Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero que muero porque no muero".
Cuando Catalina utiliza la frase "muero porque no muero", no lo hace nunca para expresar un deseo de salir de este mundo. Por supuesto que Catalina, al igual que Teresa, anhela estar con Cristo, pero su pasión por Cristo la lleva, como dominica que es, a querer servir de cualquier modo posible al Cuerpo de Cristo, la Iglesia, que está en el mundo aquí y ahora. Su deseo angustioso procede de su conciencia de la limitación de todos sus esfuerzos. Escribe: "Muero porque no muero; reboso, pero no puedo rebosar a causa de mi deseo de renovación de la santa Iglesia por el honor de Dios y por la salvación de todos".
El misticismo de Catalina de Siena, como el de Domingo, es un misticismo eclesial, un misticismo de servicio y no de entusiasmo psicológico. Por supuesto, tanto para Catalina como para Domingo, Dios es siempre el primer foco de atención, pero nunca olvidan al prójimo y sus necesidades. En aquella ocasión en que un grupo de ermitaños rehusó abandonar su vida solitaria en los bosques, aún cuando su presencia en Roma era muy necesitaba por la Iglesia, Catalina les escribió inmediatamente, diciéndoles con sarcasmo mordaz: "Se diría que la vida espiritual se observa actualmente con demasiada ligereza si puede perderse por cambiar de lugar. Pareciera que Dios prefiere ciertos lugares y que sólo se le encuentra en el bosque y no en cualquier otro lugar en tiempo de necesidad".
Este pronto de Catalina no significa que no apreciara la ayuda y los apoyos que ordinariamente son necesarios para la vida contemplativa: la soledad, el retiro y el silencio, por ejemplo. Catalina respetaba particularmente el silencio, pero lo que no aprobaba en modo alguno era el silencio cobarde de ciertos ministros del evangelio que, en su opinión, deberían estar gritando alto y claro en favor de la verdad y de la justicia. "Grita como si tuvieras un millón de voces", urgía ella, "es el silencio lo que está matando al mundo".
Dos siglos más tarde, en una carta enviada a España por el dominico Bartolomé de las Casas, leemos esa misma urgencia. Era el año 1545. Bartolomé ya había descubierto, con no pequeño valor, que su vocación consistía en ser la voz que aquellos que no tenían voz. Viéndose diariamente confrontado con la apabullante degradación y tortura de gente inocente a su alrededor, estaba decidido a no permanecer callado por más tiempo. "Creo", escribió, "que Dios quiere que yo llene el cielo y la tierra, y otra vez toda la tierra, con gritos, lágrimas y gemidos".
Las Casas no fundamentó la fuerza de este desafío en la mera emoción. Una y otra vez vemos al predicador dominico apelando en sus escritos a lo que él llamó la "inteligencia de la fe". Según Las Casas, el mejor modo de alcanzar la verdad evangélica era "encomendarse decididamente uno mismo a Dios y penetrar profundamente hasta encontrar los cimientos". Era en este nivel de meditación humilde, pero persistente, en el que Bartolomé encontró no sólo la verdad sobre Dios, sino a Dios mismo, el Dios de la Biblia, el Padre de Cristo Jesús, el Dios vivo que, en palabras del propio Bartolomé, tiene "memoria fresca y viva de los más pequeños y de los más olvidados".
Al consentir estar expuesto él mismo de ese modo al rostro de Cristo crucificado en el afligido, Bartolomé fue verdadero hijo de su padre Domingo, porque Domingo era un hombre poseído no sólo por una visión de Dios, sino también por una profunda convicción interna de las necesidades de las personas. Y era a los hombres y mujeres de su propio tiempo, a sus contemporáneos, cuyas necesidades había sentido en su oración casi como una herida, a los que Domingo quería comunicar lo que había aprendido en la contemplación.
En el corazón mismo de la vida de Domingo, como principio y como fin, existía un intenso y contemplativo amor de Dios. Pero al leer las primeras crónicas sobre la vida de oración de Domingo, lo que también llama inmediatamente la atención es el lugar que ocupan los otros, los afligidos y oprimidos, en el acto mismo de la contemplación. Los "alii", los otros, no son simplemente receptores pasivos de la viva predicación de Domingo. Incluso antes del momento de la predicación, cuando Domingo se convierte en una especie de canal de gracia, esas personas, los afligidos y oprimidos, ocupan "el más íntimo recinto de su compasión". Incluso forman parte del "contemplata" en "contemplata aliis tradere". Escribe Jordán de Sajonia:"Dios había concedido a Domingo una gracia especial para llorar por los pecadores y por los afligidos y oprimidos; cargó con sus miserias en el más íntimo recinto de su compasión, y la cálida simpatía que sentía por ellos en su corazón desbordaba en las lágrimas que caían de sus ojos".



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